El Trascendente / Universidad Mondragón México | Universidad Mondragón México - Part 17
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Por Santiago Morell
Nos encontramos en un tiempo propicio para hacer una relectura de nuestra historia y dar una respuesta a nuestro presente que nos impulse a construir nuestro futuro. Las crisis pueden servir para consolidar la unidad social y la identidad comunitaria en torno a nuestros valores, tradiciones y costumbres.

La crisis que se nos presenta hoy tienen varios rasgos que la hacen particular. Es una crisis universal que nos ha llevado al aislamiento social, es una crisis donde el cuidado de mí mismo implica el cuidado del otro, es una crisis que nos afecta en lo personal y nos lleva a reconocer que la respuesta frente a ella ha de ser comunitaria.

 

También es una crisis que muestra paradojas e ironías. En la época histórica de mayor conectividad el aislamiento se percibe con mayor soledad, compartimos nuestra vida y contenido por redes sociales y nos genera angustia el compartir presencialmente con nuestra familia en un tiempo prolongado, hemos querido tener tiempo para nuestro cuidado y el de nuestros seres queridos y ahora que tenemos el tiempo la angustia ante la crisis nos deja sin voluntad.

 

Es una crisis que desvela la fragilidad de un sistema económico y social que se ha centrado en la producción e incremento del capital y ha dejado a la persona y la comunidad en el olvido. Hoy tenemos muchas personas sin empleo, un sistema de salud que no puede responder a las necesidades de la población y colectivos independientes que no tienen espacios para trabajar.

Hoy la realidad pone lo fundamental en el centro: la persona y su dignidad. Asimismo, la realidad nos indica que el centro de la comunidad es cada persona que la integra y su dignidad.

Frente a esta crisis la respuesta mínima es el aislamiento social para disminuir el contagio y propagación del virus. El aislamiento es una respuesta ética de cuidado ante nuestra realidad, es una respuesta personal, inteligente y necesaria. Sin embargo, el aislamiento social sigue siendo la respuesta mínima.

 

La gran interrogante de esta crisis no está en el tema de salud, está en que podamos transitar de los mínimos personales al compromiso social y la reconstrucción de nuestra comunidad. Está en que nos solidaricemos con aquellos que no tienen para comer cada noche, con aquellos que perdieron su fuente de ingreso y la incertidumbre es su nueva compañera, en que seamos capaces de desprendernos de lo que no nos es necesario para compartirlo con aquellos que lo necesitan para vivir.

El gran reto es poner a cada persona y su dignidad en el centro de nuestras acciones y nuestra reflexión, para ello hay que cuestionarnos: ¿qué alternativas económicas son viables para solidarizarnos con aquellos que lo necesitan?, ¿cómo puedo construir comunidad desde mi entorno?, ¿cómo comparto lo que tengo y puedo dar con otros?, ¿me identifico como miembro de mi comunidad y me interesa el bienestar y la dignidad del otro?

 

 

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Por Santiago Morell

En los últimos días hemos trasladado nuestra vida pública a los espacios de nuestra vida privada, el espacio que se considera como descanso, entretenimiento o recreación ahora es un espacio de trabajo, educativo, familiar, de formación académica y profesional. El asunto para la gran mayoría no es que no sepamos hacer home office o home school, el asunto es hacerlo mientras seguimos siendo esposos, esposas, hijos, pareja o solteros. Además, hay que hacerlo conviviendo de manera continua con las mismas personas que están en casa o, en su caso, solos.

La gran cuestión hoy en día es: ¿cómo ser profesionista o educador académico de los hijos en los espacios que estaban destinados para la vida familiar? Mucho se está hablando de tener una rutina saludable, establecer horarios, compartir responsabilidades o dividir los espacios de la casa, sin embargo, hemos de reconocer que esas cuatro paredes a la que le llamamos casa ha de tener un nuevo concepto.

Ahora la casa se ha convertido en un centro cultural y profesional. Un espacio para transmitir modos de ver y comprender el mundo, un espacio educativo de aprendizajes significativos académicos o éticos desde la vida cotidiana, un espacio para el desarrollo de habilidades profesionales y el aprendizaje de nuevas estrategias, un espacio para el conocimiento personal y la posibilidad de re-inventar nuestra forma de relacionarnos con el mundo, con los demás y con nosotros mismos.

Estamos frente una realidad novedosa que nos reta a re-educar nuestros modos y prácticas que nos han permitido hacer nuestra vida, ahora tenemos la misma exigencia de hacer nuestra vida en una realidad distinta a la que conocemos y estamos acostumbrados.

Probablemente ya sabemos hacer home office o home school, ahora el asunto es hacerlo desde las condiciones sociales que tenemos hoy en día. Ahora no tenemos aquellos espacios de fuga, evasión o recreativos que nos posibilitaban aislarnos un poco de nuestra cotidianidad y olvidarnos de aquello que queríamos olvidar para luego regresar a casa.

Es un tiempo de re-encuentro con nosotros mismos y con aquellas personas con las que vivimos, es un tiempo de renovación en donde la creatividad y la capacidad de adaptación jugarán un rol fundamental. También es un tiempo para reconocer aquellas habilidades que no he desarrollado para hacer frente a esta realidad. Es decir, la realidad ha cambiado de tal manera que lo más posible es que aquellas habilidades que me permitían desenvolverme cómoda y tranquilamente ahora se muestren limitadas.

Por ello, es un tiempo de re-educarnos, re-encontrarnos y re-inventarnos. Es un tiempo de apertura a la novedad y al asombro. Durante nuestra vida vamos diciendo: “ojalá y tuviera tiempo”, este es el tiempo.

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Por Ricardo Pérez Quezada.

Es una verdad mundialmente reconocida que un joven recién egresado de la universidad se encuentra listo para insertarse en el modelo laboral que predomina en su sociedad, a través del emprendimiento de su propio proyecto o ejecutando tareas clave dentro de una empresa. Sin embargo, y más allá de su preparación, cada vez parece mayor el número de profesionistas que carecen de un sustento constante o cuyas empresas encuentran su Apocalipsis a menos de dos años de su creación, muchas de ellas sin siquiera haberse constituido.

Un estudio publicado en 2018 reveló que en México 478 mil personas con licenciatura o posgrado componen las filas de un ejercito de desempleados que aumenta día a día y cuyo terrible peregrinar entre ferias de empleo, entrevistas y rechazos puede durar desde los 3 meses hasta los 2 años. Si bien las causas del fracaso pueden ser variadas, yendo desde la incompatibilidad de perfiles hasta la mala formulación del CV, para cientos de jóvenes, el rechazo parece estar encarnado por la bestia negra de la falta de experiencia profesional.

 

Este sistema ha engendrado una generación de profesionistas que se ven obligados a dejar de lado su vocación y optar por empleos temporales, egresados que acceden a sueldos paupérrimos o que abandonan el país hacia un futuro incierto y en los casos más dramáticos jóvenes que se suman a las filas del crimen organizado y narcotráfico. Ante tal situación y más allá de las dinámicas gubernamentales que se pudieran establecer, es responsabilidad de las universidades garantizar el “valor” de sus egresados dentro del mercado laboral.

 

Este tópico, el del valor, ha sido un elemento intangible dentro del paradigma empresarial, desde donde se establece un criterio sobre el aspirante a partir de la universidad de la que egresó y no a partir de la certificación real y comprobable de la experiencia de trabajo que desarrolló durante sus años en las aulas universitarias, esencialmente por que en la universidad uno no trabaja, sino que realiza prácticas profesionales.

 

 

Ante tal panorama las universidades, tanto públicas como privadas, son fundamentales en la transformación del arquetipo del practicante universitario, enfocándose en romper la creencia de que el pasante es solo una “lobby girl” o un “paper boy” sino un profesionista capaz de desarrollar tareas clave y creativas para su equipo y su empresa; representa la oportunidad de la empresa para obtener un elemento significativo y altamente culturizable en el sistema y valores de la firma, que al egresar le permitirá a la empresa ahorrar de 1 a 2 años de curva de aprendizaje.

 

 

Para garantizar esto, algunas casas de estudio, como la Universidad Mondragón, donde tengo el gusto de desenvolverme como docente en marketing, se han valido de centros de emprendizaje y alternancia que permiten a los alumnos desarrollar proyectos que serán presentados a inversores o incrustarse, a través de un centro de empleabilidad en los equipos de trabajo de las empresas sirviendo como un revulsivo organizacional gracias a las capacidades que ha desarrollado en la empresa y a la interconectividad y capacidad de resolución de problemas tecnológicos con las que ha crecido como nativo de la era digital y de las redes sociales.

Para el empresario queretano, este cambio de paradigma establece una oportunidad inmejorable para acercarse a las universidades y sus centros de empleabilidad e incubadoras, con la finalidad de encontrar productos de inversión y capital humano de valor tangible que le permitan encontrar en la academia una cantera de desarrollo de profesionistas a modo puedan volverse más competitivas, mientras se convierten en aliados del alumno, al tomar la postura de piedra angular en la historia de vida profesional del universitario y encaminándose los dos hacia la prosperidad y el éxito futuro.